Escrito dedicado a la señora María de la Luz, otro grito atrapado en la caverna de Platón:
(http://www.youtube.com/watch?v=eBXVvpnIwzY)
(http://www.youtube.com/watch?v=eBXVvpnIwzY)
Una de las lecturas que más me han marcado en los últimos años se la debo a mi maestra de filosofía, materia que cursé en la preparatoria. Se trata de un episodio interesante dentro de “La República”, obra maestra del filósofo griego conocido como Platón. Es una alegoría ejemplar. Se sigue la lectura del séptimo tomo de la citada obra, un diálogo entre Platón y su hermano, Glaucón. El primero le hace visualizar a éste el siguiente escenario…
Dentro de una caverna se encuentran
unos prisioneros encadenados de sus piernas y cuellos, de tal forma en que éstos no
podían, bajo circunstancia alguna, voltear su cabeza en una dirección que no
fuese el fondo de la caverna. Ellos, según cuenta el mismo Platón, se habían
mantenido en esa situación desde su nacimiento. Detrás de los “cautivos”, a
distancia por supuesto, había un intenso fuego ardiendo en un plano alto -lo que ellos desconocían- y entre las llamas
y los prisioneros, un extendido camino a desnivel, a lo largo del cual ha sido
construido un muro de tamaño pronunciado.
A través del trecho descrito, pasan
unos hombres cargando enormes figuras que sobresaltan la altitud del muro a su
costado de modo de que éstos logran hacer junto con el fuego, una sombra
proyectada al fondo de la caverna, donde se encuentran los prisioneros.
Naturalmente, en el recorrido que los hombres hacían a través del camino, había
quienes hablaban y quienes guardaban silencio. Siendo estas sombras y estos
sonidos el único contacto inmediato con la realidad que los prisioneros podían
gozar, no existía pues, ninguna otra existencia.
Siguiendo con el texto, Platón
plantea la posibilidad de que uno de los prisioneros pudiese prescindir de sus
cadenas y escapar. En un principio, haría un intento sobrehumano para adaptar a
su pobre retina, acostumbrada a las sombras, a la nitidez de la luz del día.
Una vez ocurrido esto, el desertor pudo apreciar las maravillas del cosmos, la
belleza del mundo, todas las maravillas de la naturaleza, así como también pudo
comprender la falsa realidad a la que estaba inmerso junto con sus iguales
dentro de la caverna. Aquí es donde entraba el clímax del capítulo. Dentro de
esta misma suposición, ¿qué sucedería con aquél hombre al regresar a la
caverna?
La respuesta se describiría en la
situación siguiente: al regresar a la posición en donde se encontraban sus
compañeros de cautiverio, volverían sus problemas con la vista, ya que se
tendría que readaptar a las tinieblas y la oscuridad característica de su lugar
de origen. Todo esfuerzo por corromper los cerrados pensamientos de los demás
sería en vano, los cautivos verían con peligro el salir de la cueva, al grado
de posiblemente matar a quien logró salir, en el caso de que éste intentara
hacer que uno de ellos saliera. Aquél hombre liberado sería testigo único de la
verdad y vería con impotencia cómo sus camaradas abrazaban una fantasía.
¿Cuál es la relación axiológica que
se le puede atribuir a esta alegoría en relación a México? El caso mexicano es,
a mi parecer, un ejemplo perfecto que aterriza el efecto reflexión-realidad que
buscaba el texto desde su redacción. Así como los cautivos en la caverna,
muchos mexicanos visualizan su propia realidad desde las sombras. Portan con
orgullo su propio velo de la ignorancia, aludiendo a Rawls. Pocos son quienes
se aventuran a escapar de la concavidad
y de las cadenas, para ver lo que sucede, reaccionando ante lo que a
vista de cualquiera debería ser deleznable, triste y causal de rabia. El grito
de los desertores va hacia el vacío, de una sociedad que adopta la misma posición
desde tiempos memorables. No gusta de politizar, pues ¿de qué sirve? Por el
otro lado, vinculan un afecto indescriptible por lo inmediato. Que si Fernando le fue infiel a Perengana en “Abismo de Pasión”, que el
esposo de la vecina del tío del amigo ganó un automóvil en el concurso X, “que
si esto, que si el otro”, para describirlo a la mexicana.
Ahora bien, tampoco sería justo de
mi parte, emitir un juicio de tal calado, sin entender que parte del problema
se moldea por un sistema que permite la apatía generalizada a la que hice
mención. Es sin duda una cuestión de cultura, que nos ha dejado a la sociedad
mexicana una herencia difícil de apartar. Recuerdo una anécdota del guerrillero
argentino, Ernesto “Che” Guevara en su estancia en la Ciudad de México, mucho
antes de partir a Cuba. Guevara acababa de llegar al país junto con su futura
primera esposa, Hilda Gadea, peruana ex militante del APRA (Alianza Popular
Revolucionaria Americana), después de una amarga experiencia a la distancia en
Guatemala, donde vio con horror el golpe de estado auspiciado por la CIA en
contra del mandatario Jacobo Árbenz.
El doctor Guevara (era médico)
escribía en su libreta de memorias la inexistencia de la revolución mexicana. Después
de haber presenciado junto con Hilda, el desfile del Día del Trabajador, pocas
cosas podía destacar. “La revolución
mexicana está muerta, estaba muerta hace rato y no nos habíamos dado cuenta […]
El desfile de los trabajadores organizados parece un entierro […]. Los une el
presupuesto, la nómina del gobierno”. Aunque se trate de un hombre a quien
posiblemente, muchos no ven con agrado –posición que yo respeto mas no
comparto- por lo que representa ideológicamente, invito al lector a hacer a un
lado sus dogmas políticos y concentrarse meramente en la idea del texto.
De la anécdota del guevarismo
rescato cómo un extranjero, un distante de la política mexicana, daba el tiro
de gracia con tal exactitud. Fue así, como el régimen de la revolución mexicana
(dígase los gobiernos priístas) adoptó la postura paternalista del porfiriato,
aunque esto pareciera contradictorio, y buscara la alineación total de sus
gobernados a fin de crear este ambiente Presidente intocable-súbdito. Pero a
pesar de todo, con ciudadanos contentos con su, repito, realidad inmediata, la cuestión de la rebeldía era de un costal
distinto.
La revolución, en efecto ya había muerto. Lo que Guevara presenció
era meramente, un ultraje ideológico con el fin de alinear a “Los de Abajo”.
Sorprendente (¿o no?) es que hay muchos otros ejemplos en donde gente foránea
en cuestión de minutos comprendió las realidades que un pueblo no percibía
desde siglos. (Sugiero leer, por ejemplo, a Frank Tannenbaum o John Keneth
Turner, llamados a ser los gringos que
entendieron a México y expulsados del país por su pensamiento crítico).
Regresando al punto de hace unos párrafos,
como un perro en un exhaustivo intento de atrapar su propia cola, he visto los
intentos fallidos por salir de esta “mexicanitis”. ¿Cómo cambiar aquello que se
encuentra en los cimientos mismos de la cultura? ¿Cómo sacar de la cueva a
aquellos quienes no les interesa salir de ella? Razón le doy al estudio de la
OCDE que revela que a pesar de la baja productividad y la situación
socioeconómica del mexicano (que no es en término prácticos, buena) somos un
pueblo feliz. Feliz con nuestra mala
distribución de riqueza, felices con nuestros monopolios, extasiados por la
corruptela, la inoperancia, los cacicazgos estatales, la falta de rendición de
cuentas. Felices de nuestra infelicidad.
Como dato anexo al de la felicidad,
un estudio reciente de la UNESCO sitúa a México como el lugar 107 de un total
de 108 naciones en lectura. Si se comprende que en últimos años, el país
siempre termina en puestos de este nivel y los niveles altos de analfabetismo
que mostraba el México a través de los
siglos, podría ver esto como una causa suficientemente fuerte para tomar mi
propia tesis del problema. Si no se puede saber por cuenta propia del ciudadano
qué está mal, por ende no se puede saber que algo en efecto, está, ha estado y
seguramente estará mal. Es aquí donde el pilar de la educación levanta la mano
y se muestra como solución única, irrevocable del problema cultural. Aceptemos
la premisa… ¿es suficiente? Por supuesto que no.
Si usamos -sin conceder- los
resultados de la prueba PISA (Program for International Student Assessment)
como medición para el nivel educativo, veríamos con sorpresa que no
por tener un alto nivel académico, repito usando esta vara de medición a manera
hipotética, se está en la misma escala en nivel de lectura. Invito a la
comparación: (http://es.wikipedia.org/wiki/Informe_PISA#Tablas_de_clasificaci.C3.B3n) (http://archivo.univision.com/content/content.jhtml?cid=1072656)
Mi propuesta, desde mi trinchera
como un ciudadano crítico y de la mano del periodismo, no declara que decir que
la “educación de calidad puede salvar a México” es un maniqueísmo burdo, al
contrario, para lograr este éxodo de la caverna, es necesario fomentar tanto la
lectura como el juicio del lector. Algo que no fomentan los libros de
texto. Mi propuesta sería voltear al
pasado, regresar las hojas y ver qué modelo ha funcionado. El trabajo del
“apóstol de la educación”, José Vasconcelos es posiblemente el que mayor fruto
ha tenido. Intercambios culturales, ediciones de libros exitosos, lecturas de filosofía
desde tempranas edades, diálogo, debate, el auge del muralismo. Esto junto al
mimetismo del presente de países que han elevado sus estándares en el mismo
rubro, como es Corea del Sur, son el binomio perfecto para empezar desde cero
una labor que no se hará de noche a la mañana.
Es necesario generar el cambio de
chip, quisiera despertar y que mis opiniones acerca de temas que deberían ser
de trascendencia no se convirtieran en un monólogo, que mis amigos y mis amigas
no se interesen en la realidad del país cada cambio de sexenio en un fast track queriendo saber lo necesario
que debieron de haber sabido durante muchos años atrás. Quisiera que no fuera
motivo de “hueva” abrir de vez en cuando el periódico y apagar la
televisión. Escuchar con sensatez a
alguien decir que ver un noticiero no es precisamente, informarse bien. Que se
debata qué autor es mejor y no sobre las operaciones estéticas del protagonista
“Y” de la serie de moda.
Es falso cuando dicen que nada se
puede hacer de interesarse en temas como los que menciono, es falso decir que
nada puede cambiar o que, en su defecto, lo único que puede causar eso es
generar resentimiento, impotencia, y coraje. No niego que así lo sería, pero la
diferencia radica en que al saberse, se puede señalar, al señalar se puede
actuar en consecuencia. Son esa misma “hueva” y apatía los gritos coléricos de
los prisioneros de la caverna de Platón, rehusándose a salir de las sombras. Es
esa cabrona hueva la amenaza de
muerte a quienes intentamos invitar a los encadenados a salir…
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