lunes, 10 de junio de 2013

En salud de los herejes

“Dad pues a Cesar lo que es de Cesar y a Dios lo que es de Dios.”  Mt:22:21;

El estado laico fue brutalmente pisoteado, de forma flagrante y ante la  desesperada busca de legitimidad en una falsa e ignorante interpretación del contexto histórico-político y las leyes. Así está la cosa.

En un video que empezó a circular en redes desde el día de ayer, la presidenta municipal de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, Margarita Arellanes, impulsó los ánimos de la polémica que hoy me han llevado a escribirles a ustedes.

Resulta que la mandataria local, en un evento llamado “Monterrey Ora”-organizado por la “Alianza de Pastores de Monterrey”- celebrado en la plaza Zaragoza de la capital neoleonesa, se dirigió a los presentes mediante un discurso en donde no sólo evocaba a las escrituras bíblicas y al nombre de dios- obviamente al del cristianismo- sino que fue el cierre del mismo el que hizo que la oleada de críticas y notas periodísticas rodearan a su figura de manera negativa.

Cito textualmente las dos partes vitales en el cierre de la alocución: “yo Margarita Alicia Arellanes Cervantes entrego la ciudad de Monterrey, Nuevo León a nuestro señor Jesucristo….”, “le abro las puertas de este municipio como la máxima autoridad”. Dichos que rompen tajantemente con los principios del laicismo. Adjunto a continuación el video en donde se aprecia el discurso completo: (http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=uOYbl8p9858)

Lo sucedido ha engendrado al espíritu del debate en torno a si, lo que hizo, es algo políticamente correcto o no, y todavía yendo más allá: si está dentro de la legalidad. Dicen, quienes defienden el actuar de la mandataria, que se ampara bajo la libertad de expresión y que sus alusiones van perfectamente de la mano con los argumentos histórico-culturales que rodearon a su discurso. ¡No hay cosa más falsa y absurda!

Empecemos por ir desmenuzando a los argumentos pobres y únicos que sostienen a la postura en favor de la licenciada Arellanes (licenciada en derecho aunque parezca broma). Nada tiene que ver la libertad de expresión con la presunta legalidad de lo acontecido. La libertad de expresión, como se ha sostenido hasta el cansancio, está supeditada al marco de la Ley, misma Ley que da crédito a lo que he expuesto previamente, tampoco cuenta pues, con la plena libertad de asistir a dicho evento ya que su investidura política se lo impide, dicho que ampliaré más adelante.

Sigamos entonces con la segunda arista, el marco “histórico-cultural”. En una paupérrima forma para legitimarse, Arellanes se dijo sorprendida ante aquellos que se indignan cuando los servidores públicos hablan de dios. Abre entonces las llamas del cinismo al establecer: "vivimos en una nación  que canta día a día que el destino de los mexicanos por el dedo de Dios se escribió". Lo siguiente sólo me deja entonces dos posibles hipótesis para poder darme a mí mismo una explicación concreta y racional del por qué se dijo esto.

O la dizque licenciada en derecho se sintió en necesidad de arrojar un grito desolado de impudencia o simplemente adjuntó a su irresponsabilidad ante la Ley, una ignorancia titánica en cuanto a la historia de México se refiere. Es cierto pues, que nuestro himno nacional habla de manera textual, que nuestro destino queda escrito por el dedo de Dios, es correcto, aplausos. Pero entonces, es en ese sentido, cuando Arellanes cayó presa de sus propias palabras, al infringir la máxima que rige a cualquiera que se dice amar a la historia: “no hay que juzgar a los hombres del pasado con los criterios del presente”.

Cabe entonces el espacio para aclarar que el himno nacional mexicano, pieza poética magistral atribuible al maestro Francisco González Bocanegra, fue escrito en 1853. Tiempos en donde el laicismo era cosa más allá de la utopía y el país era gobernado por un tirano cojo. Tiempos en donde no había un cobijo institucionalizado de jurisprudencia whatsoever, como lo tenemos hoy (más allá de sus deficiencias humanas). Error garrafal.

Se tiene que desestigmatizar al discurso de quienes no comulgan con lo que estoy redactando. Se debe exorcizar de manera inmediata y quitar complejos. Entiéndase que no se critica a Margarita Arellanes por ser una católica devota. La bandera que hoy sostengo mediante estas palabras, no es una detonación salvaje de herejía hacia la creencia que más se profesa en el país. Al atender al evento citado, y al dirigirse con las palabras también citadas, la licenciada Margarita Arellanes cometió un ilícito. Punto. Así lo establece la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público en sus artículos 3 y 25 que con gusto se los comparto en el orden referido:

     *  "EL ESTADO NO PODRÁ ESTABLECER NINGÚN TIPO DE PREFERENCIA O PRIVILEGIO EN FAVOR DE RELIGIÓN ALGUNA. TAMPOCO A FAVOR O EN CONTRA DE NINGUNA IGLESIA NI AGRUPACIÓN RELIGIOSA.”

* “LAS AUTORIDADES ANTES MENCIONADAS NO PODRÁN ASISTIR CON CARÁCTER OFICIAL A NINGÚN ACTO RELIGIOSO DE CULTO PÚBLICO, NI A ACTIVIDAD QUE TENGA MOTIVOS O PROPÓSITOS SIMILARES. EN LOS CASOS DE PRÁCTICAS DIPLOMÁTICAS, SE LIMITARAN AL CUMPLIMIENTO DE LA MISIÓN QUE TENGAN ENCOMENDADA, EN LOS TÉRMINOS DE LAS DISPOSICIONES APLICABLES.”


Como dijo hace poco el Dr. Sergio Aguayo durante el programa Primer Plano, en el canal Once TV del Instituto Politécnico Nacional, con respecto al tema de la intromisión de los gobiernos estatales en el actuar de los Institutos Electorales de cada uno de sus estados: “los hechos son hechos y las opiniones son opiniones”.

No podría estar más de acuerdo, así como también, no podría encontrar una frase que engranara de mejor forma con lo que yo quisiera tocar en esta columna. El intercambio de opiniones y la deliberación es el acto más sano en la opinión pública de cualquier país que se diga democrático. Es digno de admiración, y para mí, como un futuro periodista, no hay actividad que más me llene y apasione. Pero se debe entender, de una vez y por todas, que hay situaciones puntuales en donde una opinión no puede hacerle sombra a la frialdad de los datos, en este caso, la Ley.  No hay espacio para la política del “yo opino”, cuando se tiene en concreto un aval suscrito en donde instituciones, gobernantes y gobernado, se saben por qué situaciones- más allá de estar de acuerdo o no- están limitados en su actuar.

¿Cuál hubiera sido la reacción si un presidente municipal, de religión judía, hubiese atendido a un evento de la misma índole al que asistió Arellanes y hablara de abrir las puertas de su ciudad al Mesías que todavía siguen esperando que llegue? Una reacción muy diferente se hubiera gestado. ¿Qué escenario de deslumbraría si un alcalde testigo de Jehová hiciese alusión a que se debería de cerrar la ciudad a sazón de evitar la venida de “la bestia”? Veríamos criterios muy diferentes en los opinólogos.

La separación Iglesia-Estado no es más que eso, un amparo legal que marca un respeto a la diversidad por medio de un distanciamiento sano entre quienes operan políticamente y quienes lo hacen de manera religiosa o dogmática, a las masas, que si bien en nuestro caso hay una fuerte mayoría, no podemos olvidar al conjunto restante. Todos somos mexicanos al fin.

Como país, ya estamos lo suficientemente ‘grandecitos’, para poder abandonar las viejas costumbres heredadas que impiden identificar la clara diferencia entre laicismo y anticlericalismo. Comprender que muy a pesar de la religión que uno profese y con cuánto fervor se practique, lo acontecido en Monterrey fue un acto ilícito que merece una sanción, misma que yo espero que las autoridades competentes hagan cumplir.

Entendamos que una opinión, es una opinión y la Ley…es la Ley.



PD.


Soy católico.

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